20 de septiembre • Diócesis de Querétaro
La naturaleza: Dios la vio muy descuidada y ahora ha mandado mucha lluvia. Por donde brota el agua ya se han tapado los plásticos y las botellas que están al lado del camino. Pero eso no es el remedio. El remedio es la cultura de la paz.
Entre nosotros mismos hay tanta desconfianza y tanto egoísmo, o como dice el Papa, tanto autorreferencialismo, que nos da miedo salir de nuestros propios encierros. Necesitamos salir para vivir la cultura de la paz.
La relación con Dios es tan débil y vulnerable que fácilmente hay cristianos que desisten y se desesperan. Necesitamos, pues, avanzar y fortalecer la cultura de la paz con un estilo de vida, y que se note en nuestras relaciones: con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con Dios.
Dice el Concilio Vaticano II que la cultura es el estilo de vida común que caracteriza a los diversos pueblos. Por ello se habla de una pluralidad de culturas. Y el Papa Francisco le da estas características: la cultura es una construcción abierta, acogedora, viva, amable y dinámica. Palabras que debemos conocer y profundizar para que la cultura de la paz no sea solo un sonido, sino una realidad en todas nuestras familias.
El Papa también afirma que la paz es trabajosa y artesanal. Lo que importa es generar procesos de encuentro que formen pueblo. Eso es lo importante. Y no hay que ir solamente a los que van a misa, sino a todos los que incidan en la paz y quieran la paz.
“Armémonos, armemos a nuestros hijos con las armas del diálogo y enseñémosles la buena batalla del encuentro.” —Papa Francisco
Si no salimos de nosotros mismos y no somos capaces de ver y oír los gritos de la naturaleza, de la creación y de nuestros hermanos, no damos un paso hacia la cultura de la paz.
La paz es desarmada, desarmante, humilde y perseverante. La humildad implica no olvidar nuestro origen. A mí me gusta mucho, en el miércoles de ceniza, recordarles que las cenizas nos hacen inclinar la cabeza para ver de dónde venimos, cuál es nuestro origen.
Nuestros hermanos indígenas no ponen el sahumerio en una mesa elegante, sino en la tierra, para obligar a quien sahúma a mirar su origen. Porque somos tan débiles que olvidamos de dónde venimos, y cuando lo olvidamos todo comienza a descomponerse. La humildad implica no olvidar nuestro origen: somos barro.
La perseverancia implica fortalecer una actitud alegre, constante y animada por la esperanza. Dice también el Papa que la paz es desarmada y desarmante. Jesús dijo: “La paz les dejo, mi paz les doy, no como la da el mundo.” La paz del mundo es armada y armante: se piensa que entre más patrullas, soldados y armas, más paz habrá. Pero la paz de Cristo es desarmada y desarmante.
Jesús envió a sus discípulos como ovejas en medio de lobos. Esa es la verdad, y es a lo que le apostamos: a una paz humilde y perseverante. La palabra humus nos recuerda el suelo, la tierra, nuestro origen. De allí viene también humanidad.
Estamos llamados a retornar a nuestro origen y, entre otras cosas:
Retornar a lo más humano de lo humano: el amor. Es urgente, dice el Papa, apostarle al paradigma de la fraternidad, diseñado en las bienaventuranzas como estilo de vida y expresado en la oración del Padre Nuestro.
Por último, dice el Papa, es necesario generar procesos de diálogo y sanación. En Veracruz, en una visita pastoral, calculábamos el número de desaparecidos, secuestrados y asesinados cada mes. Luego sumábamos los de los años y concluíamos que por cada asesinato había al menos diez heridos que seguían caminando. La conclusión era clara: todos estamos heridos.
Y, como dice el Papa, solo con la fuerza del encuentro y con gente como ustedes, que se ponen la camiseta de Jesús, podremos construir la paz en casa, siendo discípulos misioneros de reconciliación y de paz.
Se trata de un proceso educativo. No es fácil. Pasa por la cabeza: hay que cambiar las ideas. Es distinto decir “maté dos pájaros de un tiro” que decir “dos pájaros vuelan a la vez”. Tenemos muchas canciones, dichos y costumbres que generan violencia. Es urgente purificar la mente para tener pensamientos pacíficos.
Se trata también de purificar el corazón para tener sentimientos pacíficos. Incluso —aunque sea una exageración— cambiar expresiones como aquella de la canción: “Mátalas con una dosis de ternura”. Necesitamos un lenguaje distinto.
Debemos educar también la boca para tener un lenguaje pacífico. Quien no se persigna en la boca todos los días diciendo: “Señor, abre mis labios” difícilmente podrá pronunciar alabanzas. Y Dios nos libre de que nuestra voz se corrompa.
Necesitamos sanar nuestras calles y nuestra vida ordinaria con gestos pacíficos y sanadores, como signo de la llegada del Reino de Dios.
Felicidades. Les felicito por creer que con Jesús la paz está en casa. Sean todos bienvenidos. Gracias.
Paz, justicia, caridad, gracia, verdad y vida. Estas palabras marcaron el encuentro del foro por la paz, donde del 20 de septiembre al 11 de octubre se impulsa la cultura de la paz.
Pero, ¿qué significa realmente hablar de “cultura”? No es una idea abstracta ni un concepto lejano, sino la manera en que un pueblo cultiva sus relaciones, sus vínculos, sus modos de vivir. Y el remedio para nuestras divisiones y violencias está precisamente ahí: en cultivar la paz.
Nuestra diócesis refleja una dualidad clara. Querétaro es un estado atractivo: genera empleo, presume seguridad y ofrece una amplia oferta educativa. Este desarrollo trae beneficios económicos, pero también un riesgo: la llegada de personas con una mentalidad orientada solo a obtener ventajas, aislando la identidad comunitaria. Un ejemplo urgente de ello es la problemática del agua, que evidencia cómo el bien común se diluye cuando predomina el interés individual.
En este contexto, surge la pregunta: ¿qué tipo de paz buscamos? Existe una paz negativa, aquella que se sostiene en armas, militares o estadísticas que dicen que “uno de cada dos se siente seguro”. Esa paz, en realidad, es frágil. Curiosamente, las zonas rurales como la Sierra Gorda se perciben más seguras que las zonas urbanas. Por otro lado, la paz positiva es la que nace del diálogo, de la confianza en la autoridad y del respeto a la ley. Es la paz que resuelve conflictos de manera humana.
Sin embargo, muchas violencias no se reconocen como tales: ruido en la calle, grafitis, basura en lugares indebidos o incluso la violencia intrafamiliar. Cuatro de cada diez queretanos han ejercido algún tipo de violencia de este tipo.
Hablar de comunidad no es fácil, pues el término tiene múltiples significados. Pero siempre resuena como algo positivo, como una palabra que causa alegría. Una comunidad no es la simple suma de individuos; es pertenencia, autogobierno, organización y capacidad de resolver problemas juntos.
El individualismo ha desplazado esta experiencia, reduciéndonos a seres aislados. Y sin embargo, solo en comunidad encontramos sentido a nuestra vida. Incluso en la vida parroquial, donde a veces caemos en el riesgo de usar el servicio de manera utilitarista, ser comunidad implica relaciones orientadas al bien común. No basta con “estar bien” personalmente: si mi bien no genera bienestar en el otro, estamos viviendo un signo de individualismo.
En nuestro caso, no somos solo una comunidad: somos una comunidad católica. Esto eleva la experiencia, porque no es únicamente pertenecer, sino formar un solo cuerpo en Cristo. La diversidad de carismas no elimina el “yo”, sino que lo hace más humano. El individualismo y la comunidad no son opuestos como agua y aceite; son parte de una misma dinámica que solo en el Cuerpo de Cristo encuentra plenitud.
La Iglesia, entonces, une como cuerpo, pero lo hace abrazando al diferente mediante el diálogo y la cultura. La unidad no es adhesión automática, sino un llamado constante a la conversión.
La paz del Pueblo de Dios no es un proyecto humano planificado. Nuestras actividades pastorales solo tienen sentido si brotan del verdadero tesoro de la Iglesia: una cultura generosa que testimonia lo que somos.
Aquí destacan tres fortalezas:
Nuestro obispo, Mons. Fidencio López, en su Segunda Carta Pastoral recuerda la enseñanza de San Ireneo: “Lo que no se asume, no se redime”. Esto nos invita a asumir nuestra realidad y preguntarnos:
La cultura de la paz no se crea, se vive. Requiere potenciar los valores que nos dan identidad y, a la vez, acoger los nuevos valores de las generaciones jóvenes, como el cuidado de la casa común.
Incluso nuestro lenguaje religioso, muchas veces bélico, necesita renovarse. Cristo no fue un guerrero, sino un hombre manso.
No se trata de formar “grupos de paz” aislados, sino de integrar prácticas pacificadoras en la vida parroquial cotidiana. Por eso, la caminata por la paz —como signo de unidad y esperanza— es tan significativa.
Es importante distinguir:
La caminata por la paz no es solo un evento, es un símbolo de unidad. Un recordatorio de que la cultura es cultivo y cuidado, y que sembrar esperanza en la comunidad es el verdadero camino hacia la paz.
“Dios nos ha llamado y eternamente elegido para vivir en paz.”
A esta pequeña reflexión la llamé: “Dios nos ha llamado y eternamente elegido para vivir en paz.”
Dios a nadie lo creó para vivir en guerra, en inseguridad ni en violencia. Dios nos ha llamado y eternamente elegido para vivir en paz.
La lectura que acabamos de escuchar es un fragmento del capítulo 13 de San Mateo. Este capítulo contiene siete parábolas, y esas siete parábolas responden a cinco preguntas que se hacían los gentes del tiempo de San Mateo. Yo comentaré solamente la primera.
La primera pregunta que se hacían los cristianos era esta: ¿Por qué no todos aceptan el mensaje de la paz?
A esta primera pregunta Jesús responde con la parábola del sembrador. Y nosotros, decimos: “Bueno, ¿tanto ruido y por qué?”, la respuesta es que parece que ya hay mucha indiferencia ante la paz, como si se hubiera vuelto un estilo de vida, parte de la cultura y del modo de vivir de los mexicanos.
¿Por qué? Jesús respondió a esa pregunta con la parábola del sembrador: hay que confiar en el poder de la semilla.
Jesús quiere que sus seguidores tengan claro que su vocación es sembrar esperanza más que cosechar con avaricia.
Los cristianos estamos llamados a sembrar, no a cosechar. ¡Cómo quisiera que esto nos llegara hasta el fondo!
Él sabe que la semilla puede caer en el camino, entre espinas, entre piedras o en tierra buena. Él lo sabe muy bien. Pero lo importante es sembrar. Si la semilla cae en el camino, en piedras o en tierra buena, Bueno, el sembrador siembra con esperanza, pero siempre con la esperanza de que la semilla tiene poder, dentro de la semilla hay condiciones para nacer, crecer y dar fruto, cuando sea favorable el tiempo y el lugar donde cayó la semilla.
El sabe que para sembrar en el camino se necesita una buena dosis de fe.
Donde hay incredulidad, no hay milagros. Los milagros solo ocurren donde hay fe.
El sabe pues que para sembrar en el camino se requiere una buena dosis de fe y de confianza en el poder y la autoridad de la semilla, que es la Palabra de Dios. No somos sembradores de cualquier cosa, sino sembradores de la semilla de la Palabra de Dios. Por eso es muy importante no manipularla: quien manipula la Palabra comete una falta grave. Y deberíamos confesarnos de eso: pocas veces reconocemos que hemos manipulado la Palabra.
Ella [La semilla] lleva dentro de sí la vida y la paz, que pueden florecer incluso entre caminos y entre espinos.
Jesús sabe también que para sembrar entre piedras se necesita, además de ser creativos, una gran capacidad de soñar. Pues Dios sabe que de las piedras puede sacar hijos de Abraham. Así lo dice la Palabra de Dios. Los corazones de piedra pueden transformarse en corazones de carne y comprender los caminos que conducen a la paz.
El sabe que para sembrar entre espinos, además de no tener asco y miedo, se necesita ser sencillos como las palomas y astutos como las serpientes. Pues se trata de conquistar la paz. Como él mismo decía: “Los envío como ovejas en medio de lobos.” Sembrar como ovejas en medio de lobos, eso parece que es mandar al fracaso a los sembradores, pero es ahí donde está la clave y el secreto para que la semilla caiga en tierra buena y los sembradores siempre sean sembradores de esperanza.
Jesús sabe también que para sembrar en tierra buena se necesita pasar radicalmente de la soberbia a la humildad. Porque se requiere una gran dosis de humildad para no ser elitistas y no andar buscando solamente la tierra buena: la de donde están quienes nos ofrecen un refresco o nos invitan a pasar a la casa o los que dan más limosna, los que acogen, nos a los que nos rechazan.
Para sembrar en tierra buena se necesita pasar radicalmente de la soberbia a la humildad, porque se necesita una gran dosis de humildad para no ser elitistas. para no caer en la tentación de buscar solo la tierra buena y convertirnos en jueces implacables de los demás. Eso nos pasa con frecuencia, y tenemos que reconocerlo. A la luz de esta Palabra, alinearnos.
Por último: para Dios no hay casos perdidos. Por eso es que siembra en los caminos, entre espinas y entre piedras. Dios quiere que todos sus hijos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Si tiene cien ovejas y se pierde una, deja las noventa y nueve y va a buscar a la extraviada, con el propósito de no regresar hasta encontrarla, cargándola en sus hombros y llegando a su casa a hacer fiesta.
Esta parábola nos invita a mirar con gratitud el proceso. Y, sobre todo, a sentirnos amados y perdonados, como condición indispensable para ser discípulos misioneros de reconciliación y de paz.
Felicidades por creer que con Jesús la paz está en casa. Un aplauso a Jesús.
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